Ese maldito cubo...
Me gustaría dedicar unas palabras al más diabólico y, a la vez, más ingenioso juego jamás creado: El cubo de Rubik.

En un principio se le llamó Cubo Mágico, pero creo que se equivocaron en el nombre. Cubo del Mal, La Caja de Satán, Las 6 Caras del Infierno... ¿Cómo puede un simple juego llegar a desesperar tanto? Un juego en el que no necesitas contrario, porque te enfrentas al adversario más peligroso con el que podrías medirte: tú mismo.
Curiosidad, insistencia, paciencia, desesperación, lamentos, sollozos. Son las diferentes etapas por las que va pasando todo aquél que se atreva a aceptar el reto.
Tras desterrar al cubo de tu vida durante cierto tiempo, años quizá, vuelves a verlo en la misma posición en la que lo dejaste y piensas... ¿Es que va a quedar esto así? E igual que el primer día, vuelves a sentir curiosidad. La curiosidad que te mete de nuevo en el ciclo.
Curiosidad, insistencia, paciencia, desesperación, lamentos, sollozos...
Y es aquí cuando un nuevo sentimiento se añade a la lista. La ira.
Ira por no resolverlo, ira por dejarte ganar por un pequeño cubo de plástico. La ira que hace que el orgullo de todo jugador crezca y se prometa a sí mismo que algún día lo conseguirá, sin mirar la solución.
Siento esa ira, amigo Rubik.
Hoy día, con Internet, sería muy fácil saber cómo se resuelve el cubo. ¿Pero qué gracia tendría? Este cubo encierra un secreto, algo que sólo se revelará cuando consigas resolverlo, y si alguien se rinde y mira la solución, sería como sucumbir ante su poder, y como consecuencia, atraparía tu alma para siempre...

